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Charles Darwin: “El liberalismo de estos países alcanzará buenos resultados”

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“La vista del río Negro desde la sierra resultó ser la más pintoresca de cualquier otra que haya visto en el país –escribió el naturalista británico Charles Darwin después de sus visitas a Uruguay entre 1832 y 1833–. El río, ancho, profundo y rápido, torcía su curso al pie de un barranco rocoso cortado a pico; una cintura de árboles ceñía su curso, y el horizonte terminaba en las distantes ondulaciones de la empastada llanura”.

Darwin se refería probablemente al cerro de los Claveles, un promontorio sobre el río Negro, en el departamento de Soriano, a unos 50 kilómetros de Mercedes. Por entonces, en noviembre de 1833, él estaba de visita en una estancia ubicada entre los arroyos Bequeló y Perico Flaco, afluentes del río Negro. Formaba parte de la expedición del buque británico HMS Beagle que, al mando del capitán Robert Fitz-Roy, se ocupaba de cartografiar las poco conocidas costas de América del Sur.

Darwin, quien ya había cumplido 24 años, recolectaba muestras de flora, fauna y geología que enviaba a Londres en cada puerto de cierta importancia, en tanto recibía libros y correo. Sus observaciones estarían en la base de su teoría sobre la selección natural, conocida a partir de 1859 por su libro El origen de las especies, que tendría un enorme y escandaloso éxito. Pero mucho antes, en 1839, publicaría Viaje de un naturalista alrededor del mundo (o El viaje del Beagle), un best seller que lo consagró como escritor y divulgador científico, y que es la base de estas crónicas.

No lejos del cerro de los Claveles está el centro poblado Sacachispas. Se denominó Villa Darwin a partir de 1977, en homenaje al raro visitante de 1833; pero el 28 de setiembre de 2008 los lugareños, que son unos 500, realizaron un plebiscito y, por mayoría, resolvieron adoptar de nuevo la denominación Sacachispas.

Jinetes perfectos

Darwin se interesó por los perros pastores u ovejeros, que desde cachorros eran criados entre ovejas, de tal forma que luego, de grandes, protegían su rebaño del ataque de otros animales, incluso los temibles perros cimarrones.

Un solo hombre pialó un potro, lo tiró al suelo, lo maneó y le puso freno por primera vez. Luego le acomodó una montura, lo montó y lo jineteó hasta que el caballo, desalentado, galopó hasta quedar rendido. “El proceso es tremendamente riguroso, pero en dos o tres sesiones el caballo queda domado –explicó Darwin–, (aunque) sólo después de varias semanas puede manejarse mediante el freno de hierro”.

“Los gauchos tienen justa fama de ser perfectos jinetes”, escribió. “Jamás se les puede ocurrir que el caballo les derribe, haga lo que haga”. Los orientales de la campaña consideraban “cosa ridícula domar o montar una yegua”, por lo que sólo las empleaban como reproductoras. También las faenaban para vender su cuero –principal producto de exportación– por una suma insignificante. Un gaucho podía enlazar, matar y cuerear a unas 15 yeguas por día, y estaquear su cuero, en jornadas regulares de trabajo; aunque los más hábiles y fuertes superaban largamente esa cifra.

El 6 de diciembre de 1833 el Beagle, acompañado por el Adventure, un nuevo barco auxiliar, zarpó de Montevideo con destino a las islas Malvinas, Tierra del Fuego y Chile. Charles Darwin había completado casi año y medio de recorridas por Uruguay y Argentina. Entonces trazó un balance de su estadía en la novísima República Oriental del Uruguay, tan nueva que quedó de manifiesto en sus notas: a veces sólo la llamaba Banda Oriental y otras Provincia.

La tierra purpúrea e indolente

“Durante los últimos seis meses, he tenido la oportunidad de observar algunas facetas del modo de ser de los habitantes de estas provincias”, escribió. “Los gauchos, o sea la gente de campo, superan en mucho a quienes viven en las ciudades. El gaucho es invariablemente de lo más cortés, servicial y hospitalario; no encontré siquiera un caso de mala educación o falta de hospitalidad. Demuestra modestia, tanto en lo relativo a sí mismo como a su país, pero es al mismo tiempo un hombre fogoso y osado. Por otra parte, sin embargo, se cometen muchos robos y hay frecuentes derramamientos de sangre: la costumbre de llevar cuchillo en forma permanente es la principal causa de esto último […]. En la lucha, los contrincantes tratan de dejarle una marca en el rostro a su adversario, dándole un tajo en la nariz o en los ojos, de lo que dan fe las frecuentes cicatrices, profundas y de horrible aspecto. Los robos son la consecuencia natural de lo difundido del juego, los excesos de la bebida, y la extrema indolencia”.

Narró que, “estando en Mercedes, le pregunté a dos hombres por qué no trabajaban: uno de ellos me dijo muy seriamente que los días eran demasiado largos, y el otro me respondió que porque era demasiado pobre”.

Además, existen demasiados días festivos, y por otra parte se cree que no tendrá éxito lo que no comience con la luna en cuarto creciente, de modo que por estas dos razones se pierde siempre la mitad del mes”.

“La policía y la justicia son muy incompetentes”, prosiguió. “Si un pobre comete un homicidio y lo apresan, lo envían a prisión y tal vez lo fusilen, pero si se trata de un hombre rico, con buenas amistades, puede confiar que las consecuencias no serán muy rigurosas. Una cosa que despierta la curiosidad es ver que los habitantes más respetables del país ayudan invariablemente a un asesino a escapar; parecería que piensan que el hombre ha pecado contra el gobierno, no contra el pueblo en general […]”.

“Las clases altas, más instruidas, que residen en las ciudades, participan, aunque tal vez en menor grado, de las buenas cualidades de los gauchos, pero me temo que estén marcadas por ciertos vicios que éstos no poseen”, juzgó. “La sensualidad, la forma en que se burlan de todas las religiones, y la corruptela más abierta, son moneda corriente. Se puede sobornar a casi todos los funcionarios públicos […]”.

Habrá al fin “buenos resultados”

Darwin destacó, tanto en Argentina como en Uruguay, “la cortesía y la dignidad de los modales, que hallamos en todas las capas de la sociedad, el excelente gusto que demuestran las damas en el vestir, y la igualdad entre las clases sociales”.

Concluyó sobre los nuevos Estados del Río de la Plata: “Cuando se habla de estos países, la forma en que han sido educados, por decirlo así, por España, su desnaturalizada madre, deberá tenerse siempre en cuenta. En términos generales, tal vez, se deberá dar más crédito por lo que se ha hecho, que culpar por las deficiencias que pueda haber. Es imposible abrigar dudas de que el liberalismo extremo de estos países tendrá que alcanzar finalmente buenos resultados. La muy extendida tolerancia de las religiones foráneas, la consideración que se brinda a los medios de instrucción, la libertad de la prensa, las facilidades que se otorgan a todos los extranjeros y en especial, como debo yo agregar, a todos los que manifiestan aunque sea las más humildes pretensiones científicas, deberán ser recordadas con gratitud por quienes hayan visitado la América del Sur hispana”.

Uruguay, entonces y ahora

Muchas características de la sociedad oriental, que en tiempos de Darwin no alcanzaba a 100.000 personas, han cambiado por completo.

Incluso el paisaje de Uruguay ha variado: las pasturas naturales y las praderas artificiales para el ganado han sustituido a las viejas pasturas y los antiguos océanos de cardos que, en ciertas áreas, cubrían a caballos y jinetes. Ahora los campos están profusamente alambrados y abundan las viviendas, instalaciones e “islas” de eucaliptos: con fines ornamentales, para refugio del ganado o para su uso industrial. Los tipos de vacunos son otros, así como parte de la fauna, que es mucho menos densa. La agricultura, que se introdujo a fines del siglo XIX, ocupa una parte apreciable del territorio uruguayo.

Los cueros de caballos y vacunos eran casi los únicos bienes de exportación en 1832-1833, además del tasajo y el ganado en pie llevado a Brasil. Casi todo lo demás, desde hierros y tablas a tabaco, arroz o esclavos, se importaba de Gran Bretaña, Estados Unidos, España o Brasil.

Otras características señaladas por el naturalista –el sentido igualitario, la tolerancia, la buena recepción del extranjero, la hospitalidad de la gente de la campaña; así como cierta justificación de la desidia, la corrupción o el atajo mañoso; la economía de base agropecuaria, la belleza del territorio verde y bien regado, la abundancia de espacio y alimentos– aún perduran, en todo o atenuadas, y contribuyen a explicar el presente de los uruguayos.