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Los liberales y la izquierda: dos actitudes

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En el diario ABC de hoy puede leerse una “tercera” del incombustible Antonio Garrigues Walker, el más eximio representante del fundamentalismo liberal en España. Es una seña de identidad de esta corriente política, propalar ideas radicales y fanáticas envueltas con el velo anestesiante de la “tolerancia”.

En esta ocasión Garrigues trata del embate secesionista. El artículo se titula “una solución digna y civilizada” y, referida al asunto catalán, intenta repartir culpas de la mejor manera posible. Nuevamente, las palabras “digna” y “civilizada” tienen una semántica un tanto particular: por “digna” debe entenderse que ninguna de las partes en conflicto deba renunciar a su respetabilidad y por “civilizada” debe entenderse la acepción más pedestre y cara a los liberales: nada de opciones “violentas” o “radicales”. Y ello ¿por qué? Pues porque como explica el autor, “ante un reto histórico de esta magnitud es necesario aportar grandeza y serenidad.

España se ha transformado sociológicamente más que ningún otro país en la historia reciente y se ha convertido en una nación tolerante y liberal con todas las identidades políticas, ideológicas y culturales. A pesar de una larga y dolorosa crisis económica, el pueblo ha aguantado el envite con verdadera resiliencia. No es justo que se ponga en peligro todo lo que hemos conseguido en las últimas décadas”.

Consciente de que la ruptura de España es algo no deseable, Garrigues se explica a continuación en clave liberal: no es deseable porque “generaría daños sustanciales, daños inasumibles, en todos los órdenes y en especial en lo que atañe a la estabilidad política y la riqueza sociológica y económica y, sin duda, en la relación con Europa”. Es decir, frente a la ruptura de la patria, herencia secular de todos los españoles, Garrigues cree que pondría en peligro el estatus quo actual de un sistema que es el principal culpable de haber llegado hasta aquí. Y es que en realidad, lo que él denomina “estabilidad política” no es si no el período en que la actual situación ha estado incubándose, protegida por partidos de gobierno que, aun de uno u otro signo, no han hecho ascos a pactar con los secesionistas o, simplemente, a hacer la vista gorda ante sus medios de comunicación, sus planes de estudios, sus campañas propagandísticas y sus asociaciones culturales omnipotentes.

A la gestación de los síntomas que ahora padecemos, Garrigues lo denomina “estabilidad política”, “riqueza sociológica”, etc. Por eso, dado que la actual situación ha venido gestándose desde la sacrosanta transición, suena pueril que él crea que para su solución “digna y civilizada” haya que comenzar pidiendo a la Generalitat que renuncie a su referéndum.

El colmo del patetismo, lo alcanza Garrigues cuando dice que si la Generalitat “se mantiene firme en la celebración de un referéndum sin la menor base jurídica y está dispuesta al enfrentamiento total, pase lo que pase. La respuesta no puede ser otra que prepararse a soportar, con paciencia y tristeza, pero sin resignación, una época ingrata, dañina y aberrante, en la que la culpa siempre será de los otros y en la que todos saldremos perdiendo bastante más de lo que imaginamos. O sea que no puede ser. Y lo que no puede ser…” Así termina el artículo.

No resulta muy chocante que un medio como ABC, teóricamente comprometido con la “unidad nacional”, de cobertura en sus páginas a aquellas actitudes que han hecho posible lo que hoy vivimos. Durante varias décadas, los hoy secesionistas eran percibidos institucionalmente como partidos moderados con cuya colaboración debía contarse para la gobernabilidad del país. De ahí que se hiciera la vista gorda con los miles de millones invertidos en convencer a los catalanes de que ellos son una “nación” ocupada y expoliada por “España”. Cadenas de TV, radios, “embajadas”, libros de texto en los colegios, universidades, etc, todo ello pagado con fondos públicos mientras los sucesivos gobiernos del país miraban para otro lado. El esperpento era completado, por si todavía hiciera falta, por una izquierda cuyo tradicional cosmopolitismo se mantuvo durante décadas –y aún hoy- al servicio del “nacionalismo cívico” catalán. Este hecho es doctrinalmente tan paradójico en la izquierda que confiere veracidad a la tradicional tesis franquista de la existencia de una “antiespaña”; es decir, de aquellos que solo medran en la medida en que a España –un país fundado sobre el catolicismo visigodo, cuya historia ha estado fuertemente vinculada a la contrarrevolución- le va mal.

Por todo esto, los planteamientos de Garrigues –en realidad, todo un paradigma- no son si no la quintaesencia del fanatismo y de la irracionalidad, dado que, primero, plantea nada menos que un país debe dar cobertura legal a los que postulan su destrucción y, en segundo lugar, porque, al escamotear al lector el papel que ha jugado nuestro sistema político en la actual situación, parece como si el actual embate independentista hubiera surgido de la nada.

Personalmente, prefiero actitudes más diáfanas y coherentes, como la del profesor de izquierdas, purgado de “Podemos”, Enric Martínez Herrera. Este tiene claro que “lo único que puede parar este delirio es la intervención” (La Gaceta, 27.7.2017) y que “hace ya mucho tiempo que se debería haber cortado la financiación… Y no sólo a la adquisición de urnas y la contratación de personal para el referéndum golpista, sino a subvenciones a medios de comunicación nacionalistas, organizaciones con apariencia civil fabricadas desde el poder público, falsas embajadas, costosas delegaciones exteriores y viajes al extranjero e, incluso, según parece, programas de inteligencia y espionaje que corresponden exclusivamente al Estado”. Una pena que Martínez Herrera no se percate de que la lucha verdadera por los derechos de las personas es la lucha por los derechos del pueblo y de la nación, no la de los intereses del capital global. Precisamente de su incomprensión nace que en las últimas municipales en Salt, Martínez compareciese bajo el lema de “convivencia”, haciendo apología de la sociedad multicultural. Una necedad que no es digna ni de su honradez ni de su capacidad y que es de esperar que quizás se le pase con el tiempo.

Los liberales, tras generar la enfermedad, pretenden ahora vendernos las soluciones. No estamos en tiempos de medias tintas. Por eso es mejor contar con personas comprometidas y claras que con personas que, tras su prestigio y su pulcritud, ocultan el camino seguro hacia la ruina.

Por: Eduardo Arroyo

Fuente: https://gaceta.es/opinion/liberales-izquierda-20170727-2120/