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La gratuidad injusta

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Imagine la siguiente situación. Usted tiene dos hijos mellizos que están terminando el colegio y les dice que pongan en un sobre cerrado un papel con lo que les gustaría de regalo de graduación. Llegado el día, abre el primer sobre y lee: “un notebook”. Ud mira a su hijo y le dice: “por supuesto, hijo, vamos mañana y te lo compro”. Después abre el segundo sobre y lee “una camioneta 4×4”. Ante lo cual y pese a la estupefacción del primer hijo, Ud. responde “no faltaba más hijo mío, ¿de qué color?”. La gratuidad universal en educación superior es lo mismo.

Una de las finalidades de la acción de un Estado liberal es contribuir a que las oportunidades de desarrollo entre los integrantes de la sociedad sean distribuidas equitativamente. Por esta razón, su acción en educación debe ser “igualizante”, en el sentido que acorte las brechas entre afortunados y desafortunados, buscando ponerlos en el mismo punto de partida, para que después cada cual llegue hasta donde llegue en función de su talento, esfuerzo y suerte. Por esta razón el Estado financia la educación escolar de los niños de clase media y baja, a través de una subvención escolar de monto equivalente por niño, la que suplementa con un extra para los casos de mayores carencias y baja escolaridad de los padres, con el objetivo de ponerlos a todos lo más cerca de un mismo punto de partida.

Sin embargo, la educación superior es una preparación para el mundo del trabajo y, como en la sociedad nos ganamos la vida de una infinidad de maneras, las carreras o cursos que se pueden tomar para desempeñar los oficios o profesiones son igualmente diversos, tanto en su complejidad (costo de impartir) como duración. Por esta razón, un joven puede enfrentarse con la opción de estudiar una carrera técnica de 2 años a un costo total de 3 millones de pesos, hasta estudiar medicina por 7 años a un costo total de 40 millones de pesos. En el caso de la gratuidad total, el Estado (todos nosotros) le daría 3 millones a uno y 40 al otro, lo que es profundamente injusto. Esto sin siquiera considerar que el que pueda acceder a medicina con alta probabilidad proviene de una familia con más recursos que el que opta por la carrera técnica. El Estado atornillando al revés.

Hasta ahora el único argumento que se escucha contra la gratuidad universal es la limitación de recursos. Pues bien, su principal problema es su injusticia entre pares. Si realmente queremos como sociedad financiar años de educación terciaria, hay alternativas más justas de hacerlo.

Por Sacha Razmilic