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El liberalismo y la Navidad

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El año pasado, tal día de diciembre como este me encontré en un hospital de Londres oyéndole decir a un médico que uno de mis hijos no podía viajar hasta que acabase su último ciclo de quimioterapia. Así que este año, cuando logre tener a toda mi familia en un vuelo ‘low cost’ que me ha costado un ojo de la cara (¿cómo es posible que haya más líneas aéreas que nunca ofreciendo vuelos ‘de bajo coste’ pero que los precios se hayan disparado? Paradojas del mercado), voy a ser la mujer más feliz del mundo volviendo a casa por Navidad. A mi pueblo. En mi opinión, el mejor pueblo de España (a pesar del alcalde).

Tengo la firme determinación de no dejar que la política me estropee las navidades, pase lo que pase en las elecciones catalanas. Como no tengo paciencia para la meditación o el yoga, ya me he hecho a la idea de que voy a tener que hacer un serio esfuerzo mental para ver las cosas en positivo y no soliviantarme: ¿que ganan los independentistas? Pues será que todo tiene que ir a peor para poder luego remontar. ¿Que los constitucionalistas logran gobernar y los independentistas se sienten humillados? Pues confiemos en que con el tiempo el rencor se diluya y se quede en nada… Ya sé que las cosas no son tan fáciles y que me engaño a mí misma. Pero mis hijos mayores también se engañan pretendiendo que es Papá Noel quien les hace los regalos y no pasa nada.

Llevo semanas escuchando a mis amigos catalanes y británicos decir que tienen pánico a la cena de Navidad porque las familias están tan divididas por el independentismo en Cataluña y por el Brexit en el Reino Unido que, a poco que se descuiden, salta la chispa y acaba la cena con la nieta gritándole al abuelo y el tío retirándole la palabra a la hermana. En el Reino Unido conozco a gente que se ha levantado a mitad de la cena por no llegar a las manos. En España, aunque somos más emocionales, también comemos mucho mejor, así que no se levanta nadie hasta que se acaba la última migaja.

Como pienso disfrutar estas navidades, esta vez también pienso cenar lo que me dé la gana. Adiós a la báscula, que para qué sirve enero si no es para sentirse culpable. Les voy a enseñar a mis sobrinos a comer polvorones mientras dicen Pamplona. No voy a parar hasta encontrar dónde han escondido mis hijos el turrón de chocolate. Y sobre todo voy a mojar bien de pan en la salsa de las almejas a la marinera de mi madre, que es como encontrar la salsa de la vida en la madre de todas las salsas.

Ya les veo preguntándose que qué tiene que ver todo esto con el liberalismo, que se supone que es de lo que trata esta columna. Pero si el liberalismo tradicional de Locke dio paso al liberalismo económico de Stuart Mills (por cierto, uno de los primeros hombres feministas) y luego al liberalismo ‘moral’ y social de Jenkins y al liberalismo ‘inteligente’ de Conrad Russell, ya va siendo hora de que reivindiquemos el liberalismo ‘personal’ (una servidora ‘dixit’): la liberación del individuo, no solo de las estructuras férreas de poder sino también la liberación de agobios inútiles y de congojas innecesarias. Porque quizá para ser liberal hay que empezar por pasar de tantas nimiedades que nos amargan el día a día, por liberarse uno a sí mismo. Y por centrarnos en que una noche más estaremos todos juntos, que al fin y al cabo es lo único importante.

Fuente: https://blogs.elconfidencial.com/espana/en-version-liberal/2017-12-21/liberalismo-navidad_1496297/