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Columna de Cristóbal Bellolio: El 2011 Feminista

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Por Cristóbal Bellolio

Los cambios que promueve el movimiento feminista tienen una dimensión reglamentaria pero su objetivo no se agota en ello.

“Este es el 2011 feminista”, tuiteó la escritora Arelis Uribe. Si es por la capacidad de una causa de movilizar a cientos de miles de compatriotas, tiene razón. El 2011 fue sobre educación, especialmente para echar abajo el lucro y exigir gratuidad universitaria. Esta vez se trata de igualdad de género, lo que se traduce inmediatamente en terminar con los abusos que sufren las mujeres en los diversos espacios de la vida social –incluidos los establecimientos educacionales, donde comenzó a propagarse el fuego- y más estructuralmente en la modificación de los patrones de subyugación que impone el machismo. En lo central, ambos son movimientos justicieros que interpelan al poder y demandan transformaciones con diversos niveles de radicalidad. Ambos cuentan con el apoyo de vastos sectores de la población que no pueden estar marchando en la calle. Ambos tienen la fuerza para marcar un antes y un después.

Se distinguen, sin embargo, en el destinatario y la expectativa. En el 2011, el interpelado era el gobierno de turno. Los cambios que promovía el movimiento estudiantil requerían de un correlato legislativo: había que terminar con el modelo educativo heredado de la dictadura y perfeccionado en democracia. Para eso era necesario dictar nuevas normativas y aplicar otros modelos matemáticos para el financiamiento. Los cambios que promueve el movimiento feminista tienen una dimensión reglamentaria pero su objetivo no se agota en ello. Tal como lo fraseó Faride Zerán, se trata de una rebelión cultural contra el patriarcado. Para que sea exitosa, las transformaciones deben producirse en una serie de ámbitos e interacciones que parecen estar fuera de aquello que John Rawls llamó la estructura básica de la sociedad. De ahí la célebre crítica de Iris Marion Young: lo personal también es político. Algunas de estas transformaciones culturales podrán ser absorbidas por la legislación y la política pública. Otras tantas serán parte de una larga batalla donde la victoria será difícil de medir en el corto plazo.

Quizás por lo mismo el gobierno de Sebastián Piñera respira un poco más tranquilo. En el 2011, estaba claro que las posiciones ideológicas eran opuestas. Esta vez no queda claro si la derecha en el poder es necesariamente el adversario del movimiento feminista. El adversario es el machismo, que corroe todos sectores políticos. Lo que puede complicar efectivamente al gobierno no son sus posiciones doctrinarias –como en el caso de la gratuidad de la educación superior, que consideraba moralmente injusta- sino las deficiencias de su elenco para comprender el alcance y empatizar con la sensibilidad del movimiento. Si ya se hace difícil para mi generación –en el límite entre X y Millennial- es poco probable que una generación de hombres sesentones heterosexuales con educación tradicional de clase alta se deconstruya en un par de meses. Se trata de aquellas encrucijadas en que no basta representar por evocación; se requiere algo de representatividad por presencia: alguien que haya vivido lo mismo que tú. En ese contexto hay que interpretar al ministro Varela: sus experiencias –que configuran su manera de entender el mundo- distan bastante de las experiencias de la mayoría de las chicas que desfilaron en tetas por la Alameda.

En la otra vereda, el diputado RD Miguel Crispi ha sugerido que la izquierda debe abrazar la causa feminista como motor de acción política. Algunos lo han criticado por oportunista, pero Crispi describe una necesidad. El hito originario de lo que hoy es el Frente Amplio fueron las movilizaciones del 2011. Una vez que dichas demandas han sido procesadas por el sistema, disminuye el sentido de urgencia política y baja la efervescencia social. Lograron meterse con fuerza en el debate parlamentario, pero ahí no hay mucho romanticismo. Necesitan un nuevo combustible para mantenerse atractivos en la calle y la movilización feminista les cae como anillo al dedo. A fin de cuentas, mucha gente cree que socialismo y feminismo forman una alianza natural. Ser feminista y no ser de izquierda es carecer de estrategia, decía Rosa Luxemburgo, mientras ser de izquierda y no ser feminista es carecer de profundidad. Aunque la tradición marxista ha sido criticada por concentrarse en la opresión de clase y perder de vista la opresión a las mujeres, según Nancy Fraser esa lectura es incorrecta: tal como lo señaló Engels, la socialización de los medios de producción y la colectivización del trabajo doméstico –incluyendo el trabajo reproductivo- son procesos inseparables. Pero la izquierda chilena es diversa. Más allá del feminismo de inspiración marxista que identifica a varios colectivos, existe un feminismo de corte liberal, que va desde Mary Wollstonecraft a Martha Nussbaum. El foco de esta teoría está en la promoción de relaciones simétricas –sin dominación- que permitan a las mujeres escoger sus proyectos de vida en igualdad en condiciones con los hombres. Las tensiones entre ambos tipos de feminismo no pueden ser soslayadas: sugieren distintos caminos normativos en temas que van desde la prostitución y el porno hasta lo que Slavoj Zizek acaba de llamar el derecho de las mujeres a “objetualizarse”. Hasta Cathy Barriga cabe en este feminismo.

Probablemente las demandas del movimiento feminista que remece a Chile sean aún más ecuménicas y transversales: caminar sin miedo por la vía pública, tener un profesor en vez de un acosador, ser integradas en forma paritaria a la estructura de toma de decisiones. Pero no se agota en “que no nos maten ni nos violen”. Si la izquierda quiere hacer del feminismo su causa, deberá invertir el mismo esfuerzo intelectual que invirtió para remecer la educación en 2011. Y para el Frente Amplio, el desafío será pasar del bromance Boric – Jackson a una nueva camada de políticas e intelectuales que asuman la primera línea.

 

Fuente: The Clinic