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Populismos y representación

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Bajo ese título el 12 de febrero, en la edición impresa del diario español “El País”, José María Maravall, ex Ministro de Educación de Felipe González, publicó una lúcida columna donde se hace cargo de una serie de temas que hoy son titulares en una serie de medios en una años de elecciones en nuestro país.

Me llamó la atención la comparación que realiza entre el movimiento “Naródniki” y el populismo actual. Cabe recordar que los primeros fueron los que dieron origen a la revolución bolchevique, encabezados por jóvenes de clases medias-altas que prometieron a los campesinos una participación directa en la toma de decisiones del Gobierno, algo muy similar a lo que hizo Trump cuando asumió el poder de los Estados Unidos de Norteamérica, en que les “devolvió Washington” al pueblo.

El populismo, al igual que la post-verdad, es un concepto manoseado y adjudicado sin más a quien habla para las galerías sedientas de sangre política, haciendo creer a la ciudadanía que las cosas serán completamente diferentes en un futuro. Eufemísticamente se hacen llamar “ciudadanos”; “gobierno ciudadano” u otras formas conceptualmente indefendibles.

El populismo es, en sí mismo, un destructor de la democracia representativa, ignorando lo que se sabe hace más de 2 siglos: que en sociedades grandes y cada vez más complejas, con intereses heterogéneos y convicciones diversas, la única democracia posible es la representativa. La soberanía reside en el pueblo, de eso no hay duda, pero en el pueblo representado en sus autoridades elegidas por el sufragio. De ahí la importancia de contar con un sistema electoral que de muestra de lo que realmente ocurre en las preferencias de cada uno de nosotros.

No existe otra forma mejor de Gobierno. Ya lo decía Churchill.

En definitiva, el ataque a la democracia representativa, acompañado del populismo, es una amenaza real a las libertades. Y no creo que nadie en su ano juicio, más allá de los fanáticos de siempre, quieran perder la oportunidad de vivir en democracia.

De que hay que hacer arreglos no hay duda, pero discutidos con el respeto cívico de los acuerdos entrecruzados basados en la tolerancia y el respeto por las ideas ajenas. No hay nada peor que enamorarse de las ideas propias.

Algunos lo harán desde la izquierda, otros desde la derecha y otros, como yo, lo haremos desde el liberalismo igualitario. Somos la izquierda de la derecha y la derecha de la izquierda. No nos vendría mal recocernos como una socialdemocracia refundida, formando coaliciones que entreguen estabilidad, acceso y, por sobretodo, dignidad a quienes hoy sufren marginación. Se hace difícil discutir de política cuando hay compatriotas que no tienen luz ni agua, o que no pueden acceder al a salud o a la vivienda.

Pero no es el momento ni de sueños personales ni de gustos faranduleros. Es el momento de revitalizar nuestro sistema partiendo por lo primero: confiar en el de al lado para así propagar el hermoso valor de la lealtad.

Si quieren enterarse de más cosas, revisen cómo votan sus Parlamentarios los proyectos de ley que nos afectan. Se hace necesario, además, reformular el proceso de formación de la ley en Chile, el que, a mi juicio, a ratos es completamente poco representativo alejando a la gente y no incorporándola. Esto no es una guiño a la Democracia directa, en ningún caso; solo es un téngase presente tanto para los ciudadanos (que deben interesarse más) como para los representantes, que deben escuchar en serio.

La democracia representativa, y no los caudillismos, permitirán vencer la desigualdad y cubrir la necesidad en que viven los sectores más vulnerables. La democracia es un regalo precioso y un modo de vida que hay que cuidar.

Maravall tiene razón: el populismo sólo conoce de derrotas a largo plazo. Sólo miren lo que pasa en Venezuela y Cuba.

Por: Javier Tobar