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IZQUIERDA Y DERECHA: UNA BRÚJULA

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Por Cristóbal Bellolio

A propósito de la reticencia de los voceros del Frente Amplio para declararse de izquierda y las declaraciones de la vocera de Chile Vamos (“Piñera no es de derecha”), algunas personas señalaron que las categorías clásicas de izquierda y derecha estaban obsoletas. Que funcionaron bien en el siglo XX, pero que serían inservibles en el contexto actual. Esta columna tiene por objeto rehabilitar dichas categorías.

Una prevención es necesaria. Sostener que las nociones de izquierda y derecha expresan un contenido ideológico diferenciado no equivale a sostener que son las únicas coordenadas válidas para situarse en el mapa político. Los cuadros complejos tienen más de un eje. Así, por ejemplo, en temas morales se suele dividir el espectro entre liberales y conservadores. Entonces se dice que los liberales son de izquierda y los conservadores de derecha, pero las categorías no siempre calzan, pues existe derecha liberal tanto como izquierda conservadora. También está el eje que divide autoritarios –partidarios del orden- y libertarios –partidarios de la libertad. Se suele pensar que los primeros representan a la derecha y los segundos a la izquierda, pero eso tampoco es enteramente exacto: hay ejemplos de izquierdas autoritarias y derechas libertarias.

Sin perjuicio de lo anterior, parece posible identificar un eje propio de la distinción entre izquierda y derecha. Se trata del eje que divide a la población frente a preguntas de índole “socio-económica”. En su fórmula clásica, la izquierda tendría entre sus planes expandir el radio de acción del estado para cubrir ciertas necesidades y abordar ciertos problemas, mientras la derecha se inclinaría por entregar esas mismas áreas al dominio del mercado. Esta es, por cierto, una simplificación. De hecho, la tesis de esta columna es que la dicotomía ‘Estado vs. Mercado’ puede ser articulada de mejor manera en los tiempos que corren, especialmente respecto del debate político en Chile. La diferencia crucial entre la izquierda y la derecha, sostengo, está en su posición respecto de si la diferencial capacidad de poder adquisitivo puede traducirse legítimamente en diferencial acceso a bienes y servicios.

Piense en la discusión sobre el copago en educación. La derecha señaló que las familias deben ser libres de complementar la subvención básica con sus propios recursos. Por un lado, se dijo, las personas tienen el derecho de disponer de su plata como estimen conveniente. Como los padres naturalmente quieren lo mejor para sus hijos, es lógico que hagan esfuerzos adicionales para asegurarles una educación que, intuyen, es de mejor calidad. Ello incluye tanto la dimensión curricular como la cultural. Si ello genera segregación social, se trata de una consecuencia inevitable del ejercicio de dicha libertad. Por otro lado, se agregó, ello no perjudica la posición de aquellos que no pueden costear financiamiento adicional. Estos últimos deben seguir siendo objeto de políticas públicas focalizadas que apunten a mejorar los mínimos educacionales con los impuestos de todos los chilenos. La izquierda, en cambio, sostuvo que permitir criterios de mercado en la educación era violar la esencia de un derecho social al cual todos los ciudadanos deben tener acceso en condiciones universales. ¿De qué otra manera podría asegurarse una verdadera igualdad de oportunidades? En términos de Fernando Atria, había que descomoditizar la educación. La única manera de hacerlo es prohibiendo que el dinero haga la diferencia. Es el mismo argumento que sirve para promover la gratuidad universitaria. El problema no es que los ricos puedan pagarla; el problema es que permitirles que la paguen transforma la educación en un bien de consumo y no un derecho social.

Piense ahora en el caso de la salud. Imagine un sistema que opera con las reglas que prefiere la izquierda: todos los ciudadanos tienen acceso a una prestación igualitaria sin costo, con independencia de su capacidad de pago. Si alguien quiere pagar para saltarse la fila o acceder a una tecnología superior, la recepcionista le dirá “su dinero no sirve aquí”. De pronto la derecha propone que se permita que aquellos que pueden poner unos pesos más sobre la mesa, reciban prestaciones adicionales. Esta posibilidad sería un reconocimiento a la libertad inherente de las personas de disponer de sus bienes –hay personas que se interesan más por su salud que otras- y contribuiría además al financiamiento adicional del sistema público. De ahora en adelante habrá accesos estratificados a la salud, pero aquello no sería problemático si todos reciben una prestación de calidad.

Esta sigue siendo una simplificación pero revela la médula del argumento. Una izquierda radical abogaría por un sistema en el cual la mayor cantidad de bienes y servicios –todos, si fuese posible- queden sustraídos a la lógica del mercado. Una derecha radical abogaría por un sistema en el cual todo tiene precio y las personas escogen dónde poner su dinero, como si el país fuera un gran concierto donde se pueden adquirir entradas platinium, vip o estándar dependiendo de la capacidad de pago y las preferencias subjetivas. Entre ambos extremos hay un sinnúmero de posiciones intermedias, y es probable que la mayoría de la gente se ubique en ellas. Pero los hitos descritos sirven como coordenadas.

Esta columna no ha tenido por objeto juzgar qué posición es normativamente más atractiva o filosóficamente robusta, sino esbozar una conceptualización de izquierda y derecha en el Chile contemporáneo. Bajo esta conceptualización, hace pleno sentido pensar en el Frente Amplio en la izquierda y en Chile Vamos a la derecha.