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Emmanuel Macron, el regreso del presidente-rey

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Tras dos semanas en el palacio del Elíseo, Emmanuel Macron ha ofrecido ya numerosas señales sobre el estilo que adoptará su mandato. El “presidente normal” que quiso encarnar, sin éxito, François Hollande ha sido sustituido por un presidente-rey, distante, frío, exigente, controlador. Macron ha adoptado dos referentes. Como François Mitterrand, quiere ser dueño del tiempo. Como Charles de Gaulle, quiere representar una cierta idea de la grandeza francesa. Por el momento, parece estar lográndolo.

Hollande llevaba tras sí un séquito permanente de periodistas. Sus planes se conocían al momento. Sus opiniones se trasladaban de forma inmediata al público. Quiso modernizar el rígido protocolo presidencial de la Quinta República y sólo cosechó desprestigio. Macron permaneció junto a él durante casi todo su mandato, hasta que le apuñaló para lanzarse a la campaña electoral, y aprendió de los errores de quien fue su jefe. Ahora hace lo contrario de Hollande. Por primera vez en muchos años, en el Elíseo impera el secreto. Los periodistas encuentran las puertas cerradas y no les llegan mensajes confidenciales. La elección de Édouard Philippe como primer ministro, rumoreada, solo tuvo confirmación cuando se anunció de forma oficial: eso no ocurría desde los tiempos de Charles de Gaulle.

En 2015, cuando ejercía como ministro de Economía, Macron escribió un artículo que contenía el siguiente párrafo: “Hay en el proceso democrático y su funcionamiento una ausencia, la figura del rey, del que pienso que el pueblo no deseó la muerte. El Terror [revolucionario] creó un vacío emocional”. Como presidente, Macron ha decidido rellenar ese vacío. A la manera de De Gaulle y Mitterrand, su comportamiento es el de un monarca republicano. Disfruta incluso de una ventaja sobre ellos: no está atado a ningún partido, carece de pasado político, es completamente dueño de sí mismo. Y ejerce con placer esa soledad regia. Sus ministros no reciben palmaditas o palabras de aliento, sino órdenes transmitidas por el primer ministro. Quien gobierna es Édouard Philippe. Macron se limita a mandar sobre quien gobierna, es decir, a trazar las directrices y a imponer respeto. Lo cual resulta llamativo en un hombre de sólo 39 años que allanó su carrera a la Presidencia con grandes dosis de sonrisas, amabilidad y relaciones públicas.

Hay algo que le obsesiona: el control del reloj, es decir, el control de los tiempos. En eso era maestro Mitterrand. Pero para lograr ese dominio hay que evitar filtraciones. De momento, el palacio presidencial es una caja hermética. Las cosas se saben cuando Macron quiere que se sepan, ni antes ni después. Es insólito que las sociedades periodísticas presenten una queja a un presidente recién llegado, cosa que sucedió a raíz del viaje de Macron a Mali: el palacio del Elíseo invitó a los especialistas en cuestiones militares, no a los especialistas en política, y en la prensa eso fue considerado un intento de censura. Las relaciones son difíciles. Habituados a Hollande, que había ejercido como columnista político y disfrutaba ofreciendo información, los periodistas se enfrentan ahora a una esfinge.

De Macron se conocían la frialdad y la audacia. Ahora se sabe también que se siente comodísimo ejerciendo el poder, como si lo hubiera hecho toda la vida. Se trata de algo extraordinario, teniendo en cuenta que su experiencia se limita a tres años como asesor de François Hollande y dos años como ministro. Por el momento no ha cometido ningún error grave; al contrario, gana estatura diariamente. Otro descubrimiento es su apego a la autoridad. Para el nuevo presidente, no existe una auténtica democracia si el poder político no se reviste de autoridad y la ejerce.

Por ahora, Emmanuel Macron ha concluido con éxito una primera etapa, la de ganar la Presidencia, y se encuentra inmerso en la segunda, la de obtener una mayoría parlamentaria que le permita aplicar su programa. Los sondeos indican que, con un partido formado hace un año y con candidatos desconocidos, podría conseguir incluso una mayoría absoluta. El regreso del presidente-rey parece estar gustando a los franceses. Habrá que esperar a que se presente el conflictivo proyecto de reforma laboral, en cuestión de semanas, para comprobar si el fenómeno Macron resiste a las protestas en la calle.

Fuente: http://www.elmundo.es/internacional/2017/05/30/592c67c2468aeb8a6b8b4598.html