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No, no te equivoques, Trump no es liberal

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La llegada de Donald Trump a la Casa Blanca suscitó un amplio debate acerca de si su ideología política es o no es liberal. Desde sectores de la izquierda se quiso vincular la llegada de Trump a un supuesto retorno a los años de Reagan y sus políticas liberales, atribuyendo al presidente de Estados Unidos el mérito de ser poco menos que el demonio neocon reencarnado. O, también, de ser el paradigma del viejo neoliberalismo insolidario y opresor. Más sorprendente, no obstante, resultó oír voces supuestamente liberales, o autodefinidas como liberales, afirmar que Trump es liberal, considerándolo “uno de los nuestros”. Lo explicaba estupendamente, y con la exactitud, precisión y delicadez que le caracteriza, Ramón González Ferris en este artículo en El Confidencial: Por qué a muchos liberales españoles les gusta Donald Trump.

Es probable, como bien explicaba Daniel Gascón en su artículo ¿No oyes rabiar a los progres?, que en realidad estos supuestos liberales que barrían para casa no fueran otra cosa que personas de derechas a quienes la victoria de Trump les alegraba en tanto en cuanto molestaba a la izquierda. Correlación sorprendente, pero habitual en estos tiempos y en estos lares en los que el debate de las ideas se reduce a derecha e izquierda, buenos y malos, amigos y enemigos. Y en que cualquier munición es buena si sirve para atacar al otro.

Sea como fuere, el debate estaba servido. Y a Lorenzo Bernaldo de Quirós, liberal y gentleman a partes iguales, le pareció oportuno hacer algo al respecto. Con este fin nos citó a John Müller y servidor a compartir mantel para exhortarnos a pergeñar un libro en el que se pusiera de manifiesto que Trump no es, en ningún caso y bajo ningún concepto, liberal. No le costó demasiado convencernos y esa misma tarde configuramos, y tras las llamadas correspondientes confirmamos, la alineación de coautores que iba a escribir sobre la cuestión.

El resultado es No, no te equivoques, Trump no es liberal, una refutación de las atribuciones liberales que desde derecha e izquierda se han hecho del nuevo inquilino de la Casa Blanca y en la que se explica por qué Trump es un político populista, proteccionista, machista, autoritario y nacionalista, pero en ningún caso liberal.

El libro abre con una introducción de John Müller, quien describe el marco de referencia, explica el porqué de la obra y presenta sucintamente los capítulos que la conforman. Tras ello, Lorenzo Bernaldo de Quirós analiza los valores e ideas del trumpismo para concluir que nunca ha gobernado un presidente con un discurso y un estilo más opuesto a los ideales liberales sobre los que se fundó Estados Unidos. En la vertiente económica, Juan Ramón Rallo analiza el proteccionismo exterior que define su gobierno y que está en clara oposición al libre comercio y, en consecuencia, al liberalismo económico. Siguiendo esta línea de argumentación, el economista y diputado de Ciudadanos Toni Roldán añade que el intervencionismo de Trump en favor de las empresas nacionales es perjudicial para la productividad del país y que su política económica es, como también defiende el economista Luigi Zingales, pro-business en vez de pro-market.

María Gómez, periodista de ABC, analiza el perfil del votante de Trump y cómo éste utilizó el mensaje populista para seducir a tantos votantes y la profesora y doctora en Economía María Blanco, a su vez, disecciona la relación del magnate con las mujeres y confronta su actitud machista con la relación que tiene con algunas de ellas. Por su parte, la politóloga Aurora Nacarino-Brabo expone la relación de amor y odio del presidente con los medios de comunicación que tanto ha dado que hablar durante y después de la campaña. El exembajador de España en Estados Unidos Jorge Dezcallar se pregunta si realmente Trump tiene una estrategia en política exterior y en defensa, al tiempo que describe la imprevisibilidad y el ambiente de desconfianza y tensiones entre países que su mandato ha generado hasta la fecha. Ian Vásquez, Director del Centro para la Libertad y la Prosperidad del Instituto Cato contrapone las ideas de Trump sobre inmigración con la propuesta liberal que aboga por una mayor libertad de movimientos de las personas como fuente de crecimiento. Por último, el economista Luis Torras estudia la actual concentración del poder ejecutivo frente al legislativo y la consiguiente pérdida de la libertad individual, uno de los principios fundamentales e innegociables del liberalismo.

10 autores, en suma, que analizan el fenómeno Trump y diseccionan su ideología política para concluir que, en efecto y más allá de las voluntades interesadas, resulta erróneo calificar a Trump como liberal. A continuación reproducimos la Introducción del coordinador de la obra John Müller.

Introducción

Por qué Trump no es liberal

¿Es Donald Trump un liberal? Ésta es una de las cuestiones que más polémica creó desde que el multimillonario anunció la can¬didatura que lo llevó a la presidencia de Estados Unidos. Desde la izquierda se apresuraron en tildarlo como tal, simplemente por su pasado empresarial y por sostener ideas conservadoras. Este juicio atolondrado fue rápidamente contestado por líderes e intelectuales conservadores, algunos de ellos autoproclamados liberales, que han intentado encajar a martillazos a Trump en un molde que sólo existe en su imaginación y para el que éste no da la talla.

Trump, como se argumenta en este libro desde diversos pun¬tos de vista, no es liberal. Él ha resultado ser el aglutinador de frustraciones y aspiraciones muy complejas. Como se ve en este trabajo, hay grandes similitudes entre los votantes de Trump y los partidarios del Brexit en el Reino Unido y del Frente Nacio¬nal francés. En este sentido, Trump es uno de los campeones mundiales del proceso que podemos bautizar como «desglobali¬zación», un fenómeno por el cual los llamados perdedores de la globalización han empezado a articularse políticamente y a con¬dicionar los procesos políticos en diferentes países.

El más veterano de los líderes que se han apuntado a esta desglobalización es el autocrático presidente ruso, Vladimir Pu¬tin, quien cree en los Estados-nación a la antigua, con fronteras bien definidas, a ser posible ampliables a costa de los vecinos más débiles, donde un poder central materializa la soberanía es¬tatal hasta el último de sus confines. Pero Putin se halla en ese lado de la desglobalización porque su visión del poder tiene una base nacional, no porque los ciudadanos rusos sean genuinas víctimas de este fenómeno. Quienes sí tienen perdedores de este proceso entre sus votantes son Estados Unidos, el Reino Unido y el resto de la Unión Europea. Y es a estos perdedores a los que Trump, Theresa May, Marine Le Pen y otros políticos populistas están reclutando para ganar elecciones.

Frente a la globalización, Donald Trump ofrece como alter¬nativa una receta simple: la conversión de Estados Unidos en una potencia extractiva que gracias a su liderazgo político y mi¬litar pueda instalar en el planeta relaciones de señorío y vasalla¬je con los demás países. Ésta es una política profundamente an¬tiliberal. Y lo es no sólo porque para frenar la globalización hay que destruir dos conquistas del liberalismo que han hecho posi¬ble el mundo tal como lo conocemos hoy —la libertad de movi¬mientos de personas y de capitales—, sino porque la idea de una potencia imperial que imponga sin contrapesos sus deseos a las demás naciones es lo más parecido a una dictadura global que se pueda imaginar.

Estas ideas tendrán consecuencias porque, como enseña la Historia, el verbo es la antesala de la acción. Y Trump es descui¬dado con su retórica y eso puede causar un desaguisado. Resulta llamativo que después de las numerosas bravatas anunciando la construcción de un muro en la frontera con México que paga¬rían los propios mexicanos, de las amenazas a China para impo¬nerle un arancel del 45 % a sus exportaciones, su Gobierno haya terminado declarándole la guerra comercial a la pacífica Canadá imponiéndole un arancel del 20 % a la madera importada de ese país.

«Esto es más trabajo del que tenía en mi vida anterior. Pensé que sería más fácil», confesó Donald Trump a tres reporteros de la agencia Reuters con motivo de cumplirse los cien días de su toma de posesión como jefe de Estado y de Gobierno de Estados Unidos y casi cinco meses desde su sorprendente victoria electo¬ral frente a Hillary Clinton. «Me gusta conducir y no puedo ha¬cerlo», reveló Trump a los periodistas. También les dijo que se siente dentro de «un capullo», rodeado por una aplastante segu¬ridad que le priva de todo contacto exterior.

Este rapto de sinceridad en un hombre que siempre siente la imperiosa necesidad de mostrarle al mundo que consigue todo lo que quiere, es uno de los pocos signos externos de la sorda batalla que se ha librado en Washington en torno a él. Desde el momento mismo de su victoria electoral, después de presentarse como el enemigo del establishment, de los medios de comunica¬ción, de los servicios secretos y de las universidades, se inició el proceso de domesticación de Trump. Poco a poco, el magnate neoyorquino ha tenido que acostumbrarse no sólo a cumplir los procedimientos que marcan los protocolos de gobierno del Esta¬do, sino a descubrir que incluso en una ciudad de aspecto tan provinciano como Washington residen otros poderes públicos, como el Congreso o el Tribunal Supremo, dispuestos a recordar¬le que la Casa Blanca no es una tienda de juguetes donde hay barra libre para un chiquillo caprichoso.

En realidad, lo que se ha desarrollado estos meses en Wash¬ington es una nueva versión del mito de Pigmalión, y no tanto de la narración clásica —donde Pigmalión, rey de Chipre, escul-pía en mármol a Galatea y ésta cobraba vida gracias a una juga¬rreta de la diosa Afrodita— sino de la variante tejida por el escri¬tor británico George Bernard Shaw y que todo el mundo conoce a través de la película My Fair Lady. Trump es como una mo¬derna Eliza Doolittle, la joven florista callejera con su acento cockney que delata su humilde origen social, mientras que el irascible y altanero profesor Higgins es el establishment nor¬teamericano representado por sus miles de altos funcionarios, desde militares y diplomáticos hasta jueces federales y miem¬bros del Servicio Secreto.

La comparación tiene sus limitaciones. Como queda claro en este libro, Trump no es un outsider de origen humilde, sino un insider, un tipo que se mueve como pez en el agua en el mundo de los negocios. No partió de cero, como le recordó Hillary Clin¬ton en la campaña electoral, sino que empezó con una buena cantidad de millones de dólares que le legó su padre después de que se graduara en la Escuela de Negocios Wharton de la Uni¬versidad de Pensilvania. El actual presidente se endureció en los negocios tratando con contratistas siempre dispuestos a pelear el margen de beneficio y se arruinó cuatro veces. Pero quizás la face¬ta por la que Trump era más conocido entre los norteamericanos era por ser un personaje de la televisión, una estrella del mismo sistema mediático contra el que hizo su campaña electoral. Mar¬tin Baron, director de The Washington Post, nos lo recordaba pocos días antes de su toma de posesión el 20 de enero de 2017: «Lo cierto es que él es un personaje de los medios, a lo largo de su carrera ha tenido una relación muy estrecha con gente de los me¬dios y se ha aprovechado de ellos de muchas formas».

Desde que se mudó a la Casa Blanca, Trump no ha dejado de atacar a la prensa, a la que califica de deshonesta. Cuando cum¬plió cien días de mandato, mientras en Washington se celebraba la tradicional cena de los corresponsales a la que antes asistían los presidentes, Trump se fue a Harrisburg, un pueblo en los Apalaches donde reside el que podría ser su votante robot: blan¬cos pobres, con poca formación, azotados por la crisis económi¬ca y penalizados por la globalización. «Un grupo de actores de Hollywood y medios de Washington se están consolando unos a otros en un salón de baile de un hotel de nuestra capital ahora mismo — dijo Trump a su público, que abucheaba a los actores y periodistas—. Si el trabajo de los medios de comunicación es ser honesto y decir la verdad, los medios merecen un suspenso muy, muy gordo.»

Cuando Trump ataca a los medios de comunicación no hace más que dar rienda suelta a su temperamento visceral. De la misma manera que cuando se pone a tuitear amenazas contra Corea del Norte o a dar órdenes a los empresarios que planean deslocalizar sus empresas. No hay nada racional en ello, salvo la constatación —descubierta por su asesor Stephen Bannon— de que esta forma de ser, testeada hasta el cansancio en los reality shows como The Apprentice, conecta con un vasto sector del pú¬blico norteamericano que se identifica con su estilo y con sus mensajes. Los norteamericanos no toleran la incompetencia, pero sí respetan el carácter y ésa quizá sea la clave por la que a Trump se le han llegado a perdonar auténticas barbaridades, como sus referencias privadas a la forma en que hay que tratar a las mujeres, que en un político tradicional habrían supuesto el fin de su carrera.

Esta obra está estructurada en diez partes, incluida esta In¬troducción, con el fin de poner de manifiesto que lo que hemos visto hasta ahora de Donald Trump ni por asomo puede ser asi-milado con la actuación de un político liberal. Desde el punto de vista de los valores e ideas, el economista Lorenzo Bernaldo de Quirós ha analizado el corpus ideológico de Trump y sus princi¬pales asesores y lo que significa el trumpismo en el debate polí¬tico estadounidense. Se remonta a las ideas de los Padres Fun¬dadores y analiza las corrientes populistas norteamericanas que como «Guadianas» aparecen y desaparecen en la política de ese país. Advierte Bernaldo de Quirós de que la principal caracterís¬tica del trumpismo no es su antiizquierdismo ni sus tics totalita¬rios, «sino su concepción orgánica de la estructura social que confiere a las masas que le siguen un sentido identitario (“los olvidados”, “America first”), representado por un dirigente fuer¬te, personificación de la nación». Trump encarna un proyecto iliberal inédito en Estados Unidos que hace que, a diferencia de lo ocurrido en el pasado, el futuro de la libertad en el mundo se juegue hoy más dentro de las fronteras estadounidenses que fuera de ellas.

Juan Ramón Rallo, doctor en Economía, analiza la política económica de Trump para concluir que se trata de un nacionalista económico de manual. Trump rompe con la tradición glo-balizadora de los últimos presidentes norteamericanos para su¬bordinar el comercio internacional al interés de la nación. Esto, como subraya Rallo, no es más que someter el comercio a los intereses de determinados grupos de presión cercanos al nuevo establishment. Uno de los aspectos más llamativos de este capítulo es cómo desmantela uno de los mitos del trumpismo: que el libre comercio ha destruido el empleo manufacturero en Esta¬dos Unidos. El porcentaje del empleo manufacturero sobre el total del empleo ha pasado del 30 % en 1950 al 8,55 % en la ac¬tualidad. Sin embargo, cuando comenzó a aplicarse el acuerdo NAFTA con México y Canadá, cuya renegociación Trump ha convertido en uno de sus objetivos políticos, dicho empleo ma¬nufacturero ya representaba sólo el 15 %, y cuando China entró en la Organización Mundial del Comercio, otro hito que Trump ha estigmatizado, ya se hallaba por debajo del 12,5 %.

Rallo analiza también la supuesta bajada de impuestos propuesta por Trump que está por ver que reciba el apoyo legislativo necesario. La reducción tiene trampa porque no va acompañada de un recorte importante del gasto público, lo que conducirá a un déficit que deberá ser financiado con deuda pública. De esta forma, Trump lo único que hace es ahorrar a los contribuyentes actuales lo que tendrán que pagar mañana sus hijos o sus nietos, es decir, los impuestos simplemente se aplazan una generación o dos.

Luis Torras, economista y consultor, se encarga de analizar las relaciones de Trump con el poder legislativo y nos descubre una realidad chocante: el país con una de las democracias mejor engrasadas del planeta no es inmune al envilecimiento de su arquitectura institucional. El autor señala dos factores como los responsables del deterioro: la burbuja legislativa que ha debilitado el contrapeso de los poderes periféricos frente al Gobierno federal y del ejecutivo frente al legislativo, y la burbuja de deuda que también ha favorecido la posición del presidente respecto del Congreso.

El diplomático Jorge Dezcallar, primer director del Centro Nacional de Inteligencia y exembajador en Estados Unidos, vierte su profundo conocimiento de la situación internacional en el capítulo 5 para analizar la política exterior de Trump. Dezcallar nos descubre algunas cuestiones trascendentales: una es la política de la imprevisibilidad de Trump, un presidente que cree que la sorpresa es necesaria en la acción exterior, cuando la experiencia asocia esta actitud con gobernantes agresivos que pueden tornarse en agresores. En ese sentido, resulta llamativa la nueva doctrina nuclear de Trump que rompe con la tradición norteamericana de garantizar a todos los actores internacionales que Estados Unidos no será el primero en emplear el arma atómica.

El área que abarca el análisis de Dezcallar, sin embargo, es de las primeras donde se ha notado el proceso de maduración y cambio de la presidencia de Trump. La salida de su asesor Stephen Bannon del Consejo de Seguridad Nacional, donde la inclusión de un personaje tan atrabiliario equivalía a meter un pulpo en un garaje, es una victoria para el establishment militar como lo son los ataques de represalia lanzados en Siria y Afganistán con el fin de demostrar que el músculo militar de la primera potencia mundial no se ha oxidado. El campo geoestratégi¬co ha sido el primero en el que el profesor Higgins ha conseguido que Trump-Doolittle empiece a pulir su acento cockney y deje de interpretar en clave aislacionista el mensaje de «America first». A esta victoria de los militares ha contribuido también la difícil posición en la que se encontraba Trump tras las revelaciones so¬bre los numerosos contactos de gente de su estricta confianza con el entorno del líder ruso Vladimir Putin. A Trump le venía bien distanciarse de Rusia, elevando la tensión con Moscú en el plano internacional, para acallar los crecientes rumores de que su candidatura contó con la invaluable ayuda de piratas infor¬máticos rusos que hackearon las cuentas del Partido Demócrata y filtraron correos que dañaron la campaña de Hillary Clinton.

Ian Vásquez, graduado de la Universidad de Northwestern con un master en la Universidad Johns Hopkins y actual direc¬tor del Centro para la Libertad Global y la Prosperidad del Cato Institute, desarrolla en el capítulo 6 un sólido argumentario que denuncia lo equivocadas que son las políticas de Trump respecto a la inmigración y a los inmigrantes. Con una batería de estu¬dios empíricos que desmontan los mitos que el actual presidente propagó con éxito durante su campaña electoral, Vásquez no sólo prueba que la construcción del muro con México es econó¬micamente inviable, sino que es perjudicial para el desarrollo del país. Trump y sus ideas sobre la inmigración están muy lejos de la propuesta liberal que aboga por una mayor libertad de mo¬vimientos, legalizando los flujos de trabajadores para reducir el tamaño del actual mercado informal que han creado unas leyes fracasadas. La liberalización de las migraciones es consistente con los principios liberales sobre los que se fundó Estados Unidos y permitiría que la economía se beneficiara del aumento de la productividad que implicaría la formalización.

La profesora María Blanco, doctora en Economía, se ha hecho cargo de analizar la relación de Trump con las mujeres. Al día siguiente de su toma de posesión, 5 millones de mujeres se manifestaron en las principales capitales del planeta contra Trump porque se sintieron humilladas y ofendidas por sus actitudes machistas. Blanco sostiene que Trump es un conservador sui géneris, y muchos de esos rasgos calificados de machistas son parte de ese carácter conservador. Sin embargo, también es interesante observar a Trump desde la perspectiva de las muje¬res que lo rodean, su madre Mary Ann, su abuela paterna Eliza¬beth, su hija mayor Ivanka, que es la mujer a la que más poder ha concedido en la Casa Blanca, muy por delante de su fiel Kellyan¬ne Conway, su directora de campaña.

«La América que votó a Trump» es un sólido capítulo escrito por María Gómez Agustín, economista y colaboradora del diario Abc. Es uno de los retratos más acabados que se puede leer sobre quiénes votaron a Donald Trump, sus aspiraciones y frustraciones. El análisis de Gómez Agustín desvela una de las claves más importantes de lo que ha pasado en la sociedad norteamericana tras la crisis financiera de 2008: las bases del descontento del hombre blanco. Pese a que Estados Unidos ha recuperado todo el empleo destruido con la crisis, esos empleos no han vuelto a quienes los tenían originalmente. Este capítulo demuestra cómo los hispanos, que constituyen menos del 15 % de la fuerza labo¬ral de Estados Unidos se han hecho con la mitad de los nuevos empleos creados bajo la administración de Barack Obama, mientras que los norteamericanos blancos situados entre los veinticinco y los cincuenta y cuatro años han perdido 6,5 millo¬nes de empleos netos.

El economista Toni Roldán Monés, diputado de Ciudadanos, desmenuza en el capítulo 9 la particular relación de Trump con el liberalismo económico. El magnate es considerado por los académicos norteamericanos como uno de los representantes más singulares del llamado capitalismo de amiguetes, en el cual también se incluye habitualmente al millonario mexicano Carlos Slim. Roldán emplea una categorización ideada por el profe¬sor de la Universidad de Chicago Luigi Zingales para sostener que Trump es pro-business, pero no pro-mercado y por lo tanto es contrario a favorecer las condiciones que permitan a los em¬prendedores competir «en igualdad de condiciones y sin favori¬tismos».

Por último, la politóloga y periodista Aurora Nacarino-Bra¬bo retrata la historia de amor y odio entre Trump y los medios de comunicación. Para Nacarino, Trump ha sabido valerse de las herramientas del populismo para alzarse con la presidencia de Estados Unidos, pero además ejerce el poder de una manera singular, del mismo modo en que se ejerce la labor de oposición. Esto desvirtúa el principio liberal de resistencia al poder.

Es posible que el profesor Higgins que configura el poder es¬tablecido en Washington y las demás agencias del Gobierno fe¬deral consigan domesticar a Donald Trump y hacer que su pre¬sidencia se ajuste formalmente a la cultura política de Estados Unidos, pero lo que no podrán hacer es inocularle de forma co¬herente las ideas liberales. El acento cockney que el profesor Higgins tiene que pulir no obedece a una carencia formativa de Trump, sino a una arista de su carácter. Que el establishment logre desbastar los excesos que siguen caracterizando a Trump no significa que éste vaya a convertirse de la noche a la mañana en un gobernante liberal.