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Mi voto en la 2da vuelta: trago el sapo

2013
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Por Davor Mímica

En las segundas vueltas, he votado por Lagos, Bachelet, Piñera y el 2013 fui a votar en blanco. Me autodenomino como liberal. Votar en blanco era lo que esperaba hacer esta elección, ya que la segunda vuelta supuestamente sería similar a la del 2013, con una candidatura que llega con todas las de ganar y otra que tiene poco y nada que hacer. Entonces, podría tranquilizarme y tener un voto “estético”, privilegiando no tragar sapos y quedar tranquilo conmigo mismo con la marca hecha en el papel. El blanco era la única forma de lograrlo entonces, y se supone que sería la forma de lograrlo ahora. Pero la primera vuelta demostró que las preconcepciones que todos compartíamos estaban equivocadas, y que la segunda vuelta ya no sería tan tranquila como la del 2013, sino que sería la más disputada de la historia política chilena. Sí, probablemente más que Lagos-Lavín. Con eso, la posibilidad de votar por la tranquilidad personal se fue por la ventana. Al menos para mi, si la elección está así de peleada, un voto blanco o nulo no es ni responsable, ni patriótico, ni aceptable. Creo que ante disyuntivas así, simplemente hay que tomar una decisión, por lo que habrá que tragarse un sapo. Aquí espero explicar mi decisión, sin promoverla para nadie más y sin pensar que sea particularmente importante más que para mi, pero tal vez, ante la posibilidad que algunos de los argumentos le sean útiles a alguien.

Primero, a pesar del estridente volumen de las campañas del terror y de las amenazas de un lado u otro, Chile no se juega mucho en esta segunda vuelta. No están en la mesa ni el camino hacia Venezuela, ni un descenso hacia la distopia conservadora de Handmaid’s Tale. Y no sólo porque los candidatos no quieren nada parecido a las ridículas exageraciones que sus opositores dicen sobre ellos, sino porque incluso si lo quisieran, no podrían hacer mucho al respecto. Los modelos de sociedad propuestos por ambas candidaturas serán diferentes entre sí, pero ninguno de ellos tendrá un congreso para realizar cambios de siquiera cercanos a la profundidad de los que hizo, para bien y/o para mal, este segundo gobierno de Bachelet. Piñera no tendrá su deseada retroexcavadora para desarmar reformas laborales o tributarias, tal como Guillier no tendrá ni la posibilidad de avanzar significativamente la agenda del Frente Amplio, ni menos aún soñar con un proceso constitucional. Piñera no podrá profundizar una sociedad pro empresas (y anti mercado), tal como Guillier no podrá aumentar el Estado. Piñera no podrá retroceder en los avances valóricos de este gobierno siguiendo sus pulsiones de derecha cavernaria, tal como Guillier no podrá avanzar mucho más en estas materias. Gane quien gane, será el presidente con menos poder en mucho tiempo, liderando un gobierno que no podrá hacer mucho más que tratar de navegar con el mar y reglas que heredó, y con un protagonismo que será tomado política y emocionalmente por el congreso. La elección realmente importante para los próximos 4 años, fue la de noviembre.

En el margen, sí habrán diferencias. Es posible esperar un crecimiento marginalmente mayor con Piñera que con Guillier, por lo que si el crecimiento es la única variable para decidir, el voto debiera estar claro. Es posible esperar mayores señales simbólicas (alguna que otra tímidamente práctica) de apertura cultural y social con Guillier que con Piñera, por lo que para quienes sólo importen los temas culturales o valóricos, desde una perspectiva progresista, el voto también debiera estar claro. Pero para el resto, para quienes nos importa más que una cosa puntual, debemos ver más ampliamente las propuestas de cada uno, ponderándolas por lo que realmente serán capaces de realizar, tanto a partir de la estructura del congreso, como de sus propias capacidades y las de sus eventuales equipos para conseguir algún atisbo de agenda legislativa viable, o de llevar una agenda ejecutiva que haga diferencias en la vida de los chilenos y en mover a Chile hacia el futuro. Y de eso, hay bastante poco.

Visto desde una perspectiva general, la mayor capacidad de mover agenda de cambio debiera ser, contraintuitivamente, una razón para no votar por una candidatura, si es que comparten conmigo la convicción que ambas representan direcciones de avance muy poco seductoras. ¿Por qué querría votar por alguien con mayor de capacidad de mover al país en una dirección en la que no creo? Sería una especie de extraño masoquismo del que, afortunadamente, no creo padecer. Dicho eso, personalmente creo que es la candidatura de Piñera la más capaz, con un presidente con experiencia, con equipos con más experiencia y con un orden y capacidad de trabajo con mayor potencial de realizar algunos logros. Punto para Guillier.

El vaso medio vacío de lo mismo, es la expectativa de un gobierno desordenado y caótico bajo el mando de Guillier, proyectando lo peor del gobierno de Bachelet otros 4 años más, aún cuando el caos y los errores, por el mucho menor poder que tendrá el futuro gobierno versus el saliente, tenga consecuencias mucho menos graves de las que tuvieron las políticas públicas mal diseñadas estos últimos años. Esto es un claro punto para Piñera. Donde el caos sí estará con Piñera, será en la calle. Sin un terremoto que lo salve en su primer año (esperemos), ahora tendrá desde el comienzo de su gobierno a las fuerzas sociales en la calle, más organizadas y, a diferencia del 2011, con hambre político electoral de corto plazo. Si Guillier no tendrá ordenado control de su gobierno, Piñera no tendrá ordenado control del país. Quien haga campaña con el viejo “yo o el caos”, miente. Es el caos o el caos. Diferente caos, en diferentes lugares, pero caos al fin y al cabo.

Peor aún, ambas candidaturas tienen diagnósticos profundamente errados de la sociedad, y representan pasados, más que presentes o futuros. Guillier, por un lado, es un candidato de una clase media que ya no existe, ligada a lo público, con convicciones que más parecen sacadas de libros de historia que de una lectura apropiada del presente. Por el otro lado, Piñera se vende como una fantástica solución a un problema que la ciudadanía simplemente no ve. Ni el bajo crecimiento ni el desempleo moderadamente alto parece haber afectado a la población chilena lo suficiente como para haber cuajado el discurso sobre la gran crisis de crecimiento, empleo y delincuencia que Piñera volvía para solucionar. Tampoco le atinó al apostar a la molestia con la dirección general de las reformas del gobierno de Bachelet. Su candidatura, su programa, toda su energía y todas sus capacidades, están enfocadas en la lectura equivocada. También, en un país más del pasado que del presente o futuro. El exitismo del Chile jaguar de los 1990s, cuyos liderazgos simbólicos sufrieron masacres electorales en noviembre, incluido el mismo Piñera. Paradójicamente, si hay una figura de futuro que ganó el debate ANATEL del lunes 11, es Michelle Bachelet. Ya que su diagnóstico, tantas veces tan criticado y descartado por páginas de diarios que hoy envuelven pescado, fue el marco dentro del que se desarrolla la discusión en Chile. La gratuidad como línea base, los derechos universales como reemplazo de cualquier atisbo de focalización y el progreso de las libertades civiles e individuales. Le guste o no a Guillier o Piñera, ambos bailaron la música de Bachelet, y ante la falta de poder para cambiar la radio, sólo les quedará gobernar bajo la misma música los próximos 4 años. ¿Propuestas alternativas? Simplemente no las hay. Las diferencias son de énfasis en el eje planteado por Bachelet en su viaje desde Nueva York a Santiago. En ello, Alejandro Guillier parece ser el autocomplaciente, y Sebastián Piñera el autoflagelante de este nuevo Chile. Ambos relativamente incómodos en un traje ajeno y sin entender para dónde realmente va la micro, aunque Piñera parece más desadaptado que Guillier. ¿Punto para alguno, aquí? No creo. Ambos fueron derrotados en noviembre y el país les es y será ajeno.

Lo que no fue derrotado en noviembre, y tal vez fue la principal y más exitosa fuerza política y electoral de entre todas las que había simultáneamente en disputa, fue la renovación y el reemplazo político. Por ella cayó Lagos, y todos los apoyados por él. Cayeron todos los representantes de la vieja concertación, con la excepción de Insulza. Cayeron muchas figuras de izquierda, centro y derecha que representaban más el status quo transicional, que el Chile de cambio vertiginoso en el que realmente vivimos hoy. Este voto de renovación y reemplazo se configuró, creo, más como voto protesta que como voto ideológico. Por mucho que el Frente Amplio afirme que una significativa fracción del país votó por sus ideas, la real fuerza detrás de su resultado parece haber sido la misma que elevó a MEO el 2009, y se repartió entre MEO y Parisi el 2013: el voto de protesta, por la renovación, por el cambio. Curiosamente (o tal vez no tanto), en las 3 elecciones el porcentaje fue muy similar, alrededor del 20%. Esa fuerza de cambio logró ser representada al menos en parte por Piñera el 2009, lo que lo llevó al triunfo entonces. Por una renovada Bachelet, lo que la llevó a un enorme triunfo el 2013. Pero, ¿ahora? Mucho menos claro. Tanto Guillier como Piñera son candidaturas del pasado, pero sólo una de ellas viene a repetirse el plato. Más importante aún, los cuadros detrás de Guillier, combinan parte de lo tradicional de la centro izquierda, con figuras nuevas, que no han estado en el centro de la transaca del poder estas décadas. El golpe con que Elizalde jubiló a Lagos en la interna PS no sólo puso a su mediocre generación al mando del buque, sino también abrió significativos espacios de poder para la expresión de diferentes visiones y protagonismos. Esto, sin llegar a seducirme, lo veo al menos interesante. Piñera, por el otro lado, parece recurrir de lleno a la vieja guardia derechista. Tiene a Alberto Espina y a Hernán Larrain, y a los dos Monckeberg esperando entrar al gobierno, tras haber omitido sus respectivas reelecciones, en el contexto de una campaña que se refugió en la identidad derechista clásica, abandonando toda la frescura renovadora y de cambio que caracterizó al Piñera de hace 8 años. Es más de derecha, y será mucho más de sus partidos, desde el primer minuto del gobierno. Y luego del pésimo resultado electoral de noviembre, cualquier expectativa de independencia de Piñera ante sus partidos parece haberse esfumado. Su gobierno, a todas luces, tendrá el sabor de su campaña de segunda vuelta: el mismo discurso añejo, pero ahora con el protagonismo arrebatado por la guerra de egos y liderazgos entre los partidos y las candidaturas de derecha para 4 años más. Punto para Guillier.

Mucho se dice que el futuro está naciendo mientras el pasado no termina de morirse. Pues el voto para acelerar ese proceso es definitivamente para Guillier. No por lo que él representa ni por el gobierno que haría, sino por la cancha que queda detrás de él. Para mí, el voto será menos por lo que pase estos 4 años, donde el gobierno tendrá poco poder y protagonismo, y más por cómo será la política en 4 años más y hacia adelante, donde veo que un triunfo de Guillier abriría mucho más el escenario para que no sigamos teniendo que optar entre figuras ancladas en el pasado. La perspectiva de jubilar políticamente no sólo a Piñera, sino también a Allamand, Espina y a toda esa generación de carcamanes que se soban las manos para candidatearse 4 años más, es una que sí me seduce. Esas jubilaciones son las que faltan para retirar definitivamente a la eterna generación de los 90s, luego que los de centro izquierda ya fueron jubilados por los partidos y por los electores. Y esta apertura de espacio, limpieza de maleza vieja y dura, la veo como una necesidad para poder construir más temprano que tarde una cancha donde visiones liberales puedan prosperar en la política chilena.

Trago el sapo y votaré por Guillier. Porque él y su equipo son los menos capacitados para llevar a Chile en una de las direcciones propuestas y que detesto, y porque su elección hace más por acercar al sistema político, principalmente su oferta, a por fin representar mejor al nuevo país que el próximo gobierno, gane quien gane, dudo sea capaz de siquiera comprender. Esto no es un apoyo ni una recomendación. Sólo una reflexión personal.

Fuente: http://davormimica.cl/mi-voto-en-la-2da-vuelta-trago-el-sapo/