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Europa: de cómo el experimento de Hungría puede reformular la significación del Estado nacional

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El poco ortodoxo primer ministro húngaro, Viktor Orban, ha vuelto a patear el plato de gulash.

Cuatro años atrás, Orban repartió munición gruesa contra sus críticos, al declarar que su propósito era construir una ‘democracia aliberal’. Este mes, ha redoblado la apuesta, tras declarar que la democracia liberal ha muerto, y urgiendo a otros líderes europeos a ahorrarse la tarea de resucitar al cadáver. En lugar de ello, Orban los exhortó a invertir su tiempo en invocar un nuevo formato de democracia, respaldado en principios cristianos.

‘La democracia liberal ya no cuenta con la capacidad de proteger las dignidad de las personas, de proporcionar libertades, de garantizar la seguridad física de los ciudadanos, ni de mantener una cultura cristiana’, afirmó ante el parlamento de su país a comienzos de este mes. ‘Algunos en Europa siguen intentando por ese camino; porque entienden que pueden reparar las cosas. Pero no comprenden que esa visión es defectuosa: el mundo ha cambiado’.

La respuesta -prosiguió el mandatario- consiste en ‘reemplazar al naufragio de la democracia liberal, construyendo en su lugar una democracia cristiana del siglo XXI’.

Por numerosas razones, Orban ciertamente merece la atención de los analistas, al afirmar que su ambición -‘Ahora, vamos por la presa mayor‘, dice- se resume en modificar el curso de Europa.

Orban se exhibe fortalecido por el empuje de una victoria electoral del mes pasado, en la que su partido capturó más votos que todo el espectro de oposición combinado. Ha derrotado a la Canciller alemana Angela Merkel en el debate fundamental y filosófico que hace a la inmigración (Orban subraya que ésta debe ser reducida). Y ha triunfado sobre el billonario izquierdista George Soros, quien anunció hace pocos días que su organización no gubernamental (Open Society) decidió abandonar Hungría.

Más importante todavía: la cuestión de los valores es el tópico fundamental con el que hoy debe lidiar el Viejo Continente. A diferencia de los Estados Unidos de América, los Estados europeos modernos no han sido fundados a partir de documentos basados en un credo que despliegan el carácter constitutivo y cultural de una nación, y que explicitan cómo preservarla.

Cuando ‘Europa‘ era más o menos coterránea de ‘Cristiandad‘, ese texto fundante fue la Biblia. La cultura que definió a la totalidad de las naciones europeas -sus pinturas, su música, sus festivales, su folclore- se vio fusionada con el cristianismo y sus imágenes. La ética greco-judeocristiana se unió a portugueses y finlandeses, ante la ausencia de vínculos idiomáticos o acercados por el ADN.

Conforme Europa se descristianizó, terminó evolucionando -en el mejor de los casos- en una cáscara vacía, carente de valores. En el peor de ellos, ha terminado mutando en una entidad que exige adherir a códigos sustentados en discursos de odio, reglas obligatorias sobre el empleo, fronteras abiertas, y sistemas coercitivos contra todo aquel que afirme públicamente que halla repugnantes a los actuales ‘valores europeos’ -esto es, contra todo aquel que critique toda violación contra las distintas libertades e, irónicamente, contra el liberalismo en sí mismo.

Orban desnuda las falencias de la Unión Europea con términos provocativos; pero es factible perdonárselo, toda vez que ello le sirve para atraer atención sobre cuestiones importantes. Pero, en primer lugar, es menester cifrar obvias desventajas: Orban no es Thomas Jefferson, y su énfasis en la etnicidad (en lugar de poner el foco en un nacionalismo cívico contenido en las propias fronteras) es sui generis.

Si Usted cree que todos los hombres y mujeres son creados iguales, que son dotados de ciertos derechos inalienables por parte del Creador, y que los gobiernos han sido instituídos para ‘garantizar aquellos derechos’ y las ‘bendiciones de la libertad’, pues entonces el tipo de Estado que Orban persigue construir probablemente nada tenga que ver con lo que a Usted le agradaría. El primer ministro húngaro afirma creer que los ciudadanos húngaros son excepcionalmente innatos, no como adquiribles por intervención estatal. ‘Somos una especie única‘, cifró el funcionario la pasada semana. ‘Hay allí afuera un mundo del que somos testigos en soledad’.

Esta nación húngara no se encuentra definida geográficamente en el seno de fronteras jurídicas ni electorales. La nación húngara -dijo Organ cuatro años atrás- ‘coincide, en algunas ocasiones, con las fronteras nacionales; pero, en otras, no‘. Más importante: el resguardo de las libertades individuales, con absoluta certeza, no es el propósito central del Estado que se propone construir. Tal como él mismo lo mencionara en su discurso de 2014:

El nuevo Estado que estamos construyendo en Hungría es un Estado aliberal, un Estado no liberal. No rechaza los principios fundantes de liberalismo, como ser libertad, y podría enmerar otros más, pero ciertamente no convierte a esta ideología en el elemento central de la organización estatal; en lugar de ello, involucra una aproximación diferente, especial, y nacional’.

Existe una buena razón por la cual la etnicidad, y no el civismo o el nacionalismo nos ofrecen una pausa. Aún cuando el nacionalismo étnico es inasequible desde la perspectiva del derecho natural, sí le quita énfasis al aspecto individual, convirtiendo a la ciudadanía (pertenencia) en no-volitiva. Todo esto no remite a una acusación contra Orban, sin embargo. En primer lugar, el primer ministro está construyendo un Estado para los húngaros (no para los estadounidenses) -y hemos de recordar que, aún cuando el salvaguardar la libertad debería ubicarse entre nuestras prioridades, al hacerlo también debemos preservar la excepcionalidad de la cultura estadounidense.

Asimismo, los húngaros son diferentes desde el aspecto étnico. Descienden, en rigor, de siete tribus que otrora emergieron de Asia Central más de un milenio atrás y que, eventualmente, se asentaron en la Meseta de los Cárpatos. Rodeados por un mar de germanos y eslavos, ellos continúan hablando un idioma que, en origen, es asiático -no europeo-, y exhiben distintas costumbres y hábitos alimentarios. En el orden doméstico, son estrictamente homogéneos, y cuentan con enclaves fuera de las propias fronteras que son considerados, todos ellos, como parte de la ‘nación húngara’.

A la postre, Orban -dicho esto, con el mayor de los respetos por sus críticos- no busca consolidar su proyecto privando a los húngaros de libertades ni de su propiedad. En realidad, no ve como enemiga a la democracia liberal, si se la percibe como un sistema representativo de gobierno en donde el designio de la mayoría se ve regulado por garantías constitucionales y derechos para minorías, y donde un esquema de contralor impide el surgimiento de una tiranía. Sin embargo, entiende Orban que la libertad no es el ‘elemento central’ de su proyecto; aunque sí garantiza los derechos de las personas. Orban nada tiene que ver con Castro, con Putin, ni con Xi Jinping.

Ha de tenerse en cuenta que, para Orban, el punto de inflexión sobrevino con la crisis financiera de 2008. Lo que él vio -al igual que muchos- fue que las élites intelectuales y financieras (transnacionales en su presentación) padecieron menos que sus compatriotas de la clase trabajadora. Orban está intentando reconstruir un sentido de nación.

Al intentar reintroducir la ética judeocristiana en una Europa secularizada, podría decirse que Orban estaría ofreciéndole a Europa una oportunidad para hacer eso mismo. Aún si el modelo étnico que él y su electoral persiguen pueda ser irreplicable en los Estados Unidos o en el Viejo Continente, el modelo de valores promocionado por Orban podría tener mucho para ofrecer.­­­

 

Fuente: El Ojo Digital

 


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