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El populismo decae cuando las crisis se disipan

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LONDRES — El esfuerzo del presidente Donald J. Trump por construir un muro fronterizo insinúa un problema que están enfrentando los líderes populistas en todo el mundo occidental.

Tras un año de reveses, los líderes populistas intentan vigorizar su suerte al revitalizar la percepción de crisis sobre la cual prosperan. Pero igual que sucede con la exigencia de Trump de tener un muro fronterizo —la cual generó el cierre del gobierno en Estados Unidos— esto podría decir más sobre la debilidad del populismo que sobre su fuerza.

Las crisis de inmigración y terrorismo, que ayudaron al ascenso del populismo en 2016, han menguado. Los populistas han enfrentado resultados electorales decepcionantes en Alemania, Estados Unidos e incluso Polonia.

Los líderes populistas de Occidente se han puesto a la defensiva, replegándose a mensajes cada vez más severos de “nosotros contra ellos”. El enfoque entusiasma a sus seguidores más devotos. Pero puede ser arriesgado, al obligar a los electores a elegir un bando en un momento en que el atractivo de la derecha populista va en declive.

Cas Mudde, un politólogo holandés, ha pronosticado que el ascenso alguna vez vertiginoso del movimiento se volverá “modesto” y “desigual” este año, con más reveses.

El populismo difícilmente está agonizante. Ocupa el poder en EE.UU., Italia y algunos países de Europa Oriental, así como minorías parlamentarias significativas en gran parte de Europa Occidental, donde los partidos populistas hoy ganan alrededor de uno de cada seis votos.

De todos modos, sin una crisis que justifique las políticas de línea dura del populismo, su mensaje ha sido reducido a su elemento más fundamental: la oposición a ideas liberales de pluralismo, multiculturalismo y cooperación internacional.

El resultado es una nueva fase en la era populista, una que pondrá a prueba el atractivo del populismo —y el de su rival ideológico, el liberalismo del esta­blishment de la posguerra— como nunca antes.

Esta historia, que se desarrolla a través de todas las democracias occidentales, tal vez pueda ser mejor resumida por el drama de Trump, el cierre del gobierno y el muro fronterizo.

Dos años después de ganar la presidencia, las amenazas presuntamente planteadas por la inmigración y el terrorismo en EE.UU. no se han materializado. La inmigración ilegal continuó su descenso de 10 años.

Los estadounidenses perdieron el entusiasmo por políticas estrictas, como el prometido muro de Trump en la frontera con México, que tiene mal desempeño en las encuestas. Los republicanos sufrieron una derrota devastadora en las elecciones de medio término. En lugar de atraer a más electores, el mensaje divisivo de Trump ha alejado a algunos.

Los populistas en Europa tuvieron un año igual de difícil.

En Gran Bretaña, el apoyo hacia Brexit ha caído por debajo del 50 por ciento. Los partidarios de ala dura de Brexit en el Partido Conservador, que gobierna al país, intentaron sin éxito expulsar a la Primera Ministra Theresa May debido a su apoyo por un Brexit más moderado.

En Alemania, el ascenso de Alternativa para Alemania, un partido de extrema derecha, se ha estancado. Tuvo un desempeño inferior al anticipado en las elecciones en el estado fronterizo de Baviera, donde la inmigración es un tema importante, y empeoró respecto del año anterior.

Cuando el partido de centroderecha de Baviera intentó apropiarse del mensaje populista y desafiar a la Canciller Angela Merkel en el tema de inmigración, sufrió pérdidas electorales. Merkel sobrevivió, sus índices de aprobación se dispararon y dejó preparado a un sucesor centrista.

Uno de los países citados como un éxito populista el año pasado también podría subrayar los desafíos del movimiento.

Los Demócratas de Suecia, un partido populista, ganó el 17,5 por ciento del voto, su mayor participación en la historia, en elecciones nacionales en septiembre. Si los populistas pudieron tener un ascenso así de rápido incluso en Suecia, un bastión del liberalismo, sin duda eso representaba un cambio global.

Pero las urnas cuentan una historia diferente.

El apoyo hacia los Demócratas de Suecia no ha crecido desde fines de 2015, justo mientras que la crisis de refugiados empezaba a disiparse.

La experiencia de Suecia podría sugerir que los populistas occidentales ascendieron sólo con las crisis de refugiados y de terrorismo y que, a medida que esas crisis se han desvanecido, el populismo se ha estancado.

Un análisis del desempeño global del populismo realizado por Jordan Kyle y Limor Gultchin, del Institute for Global Change, un organismo con sede en Londres, llegó a una conclusión similar. Los populistas ocupan actualmente 20 gobiernos en todo el mundo, el mismo número que tenían en 2010. Lo que percibimos ahora como una nueva oleada podría ser el traslado del populismo, de países más pobres, a menudo en Latinoamérica, donde han sufrido reveses desde entonces, hacia Occidente.

Pero hay otra forma de leer casos como el de Suecia: como una ruptura en el consenso liberal. Incluso si los populistas ganan poder sólo ocasionalmente, batallan en el puesto y en su mayoría se relegan a ser una minoría furibunda, el hecho de que jueguen algún papel en absoluto representa un cambio sísmico. Su ascenso, incluso si nunca progresa, podría de todos modos transformar la política occidental.

Partidos como los Demócratas de Suecia o Alternativa para Alemania tal vez ya no tengan demasiada esperanza de apalancar crisis para ganar 100 por ciento del poder. Pero parece haber una oposición suficientemente latente contra el liberalismo como para mantener a los populistas bastante involucrados en la política.

Las crisis fronterizas, reales o imaginadas, son ideales para este mensaje. Subrayan aspectos del liberalismo que le parecen más objetables a la gente: promesas de proteger a extranjeros, exigencias de que países transijan su soberanía y la moderación de identidades nacionales fijas y racialmente definidas.

Así que, quizás, cuando los partidarios del ala dura de Brexit o los populistas bávaros destacan crisis fronterizas que podrían parecer exageradas, apelan a una inquietud más profunda entre su pequeña, pero dedicada base.

Eso podría ser suficiente para mantenerlos presentes en legislaturas y conversaciones.

La democracia liberal de la posguerra es simplemente demasiado nueva, dicen los académicos, como para saber si el sistema puede sobrevivir estos desafíos. Tal vez volvamos la mirada a 2016 como una irregularidad populista asociada con crisis excepcionales, o como el comienzo de un proceso de socavar la democracia liberal desde dentro.

“Para cualquiera que esté esperando un descanso de la política frenética de los últimos años”, escribió Mudde, el politólogo holandés, “no sucederá en 2019”.

Fuente: Clarín