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El rechazo a la democracia

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El triunfo de candidatos poco republicanos en varios países europeos, así como el de Trump en Estados Unidos y el de Bolsonaro en Brasil, es el resultado de procesos electorales que han cumplido con las condiciones que Robert Dahl señala para hablar de poliarquía. Pese a ello, una corriente de opinión expresa su rechazo al tipo de democracia que se deriva de esos resultados. Por otro lado, la última encuesta de Latinobarómetro en 18 países de América Latina indica que la preferencia por la democracia se ha reducido a solo un 48% de los encuestados.

Lo anterior muestra el rechazo a determinadas formas de democracia, tanto por parte de quienes cuestionan aquellos resultados electorales como de la mayoría de los latinoamericanos encuestados. Son rechazos diferentes que remiten a expectativas distintas en cuanto a lo que esperan de “la democracia”. Y esto ocurre porque el concepto “democracia” permite diferentes lecturas. Sartori afirma que el término “demokratia”  fue acuñado hace unos 2400 años” y “que durante esa larga vida ha adquirido diversos significados”. De esas variaciones interesa ahora la que se produce con la aparición del liberalismo político. En palabras de Sartori: “Hablamos a veces de democracia para referirnos a la democracia liberal y, en otras ocasiones para designar simplemente la democracia. En el primer caso prestamos a la democracia todos los atributos del liberalismo, y en consecuencia el ideal democrático se presenta como el ideal de la libertad; en el segundo caso, liberalismo y democracia están separados y el ideal democrático vuelve a ser la igualdad”.

Esta es la diferencia entre el tipo de democracia que conciben aquellos que rechazan los resultados electorales mencionados, y el tipo de democracia a la que aspiran las mayorías ciudadanas latinoamericanas. Los primeros defienden una concepción liberal de la democracia y llegan a cuestionar el comportamiento de los ciudadanos que, en ejercicio de su poder soberano, eligen gobernantes poco cuidadosos de los valores republicanos (la idea de un “demos” antidemocrático parece una contradicción en los términos). Por su parte, la encuesta de Latinobarómetro muestra que los ciudadanos latinoamericanos aspiran a una democracia que ponga el acento en la satisfacción de sus demandas socioeconómicas: entre los encuestados que padecen ese tipo de problemas la insatisfacción con la democracia sube al 83%. La misma encuesta confirma que el rechazo no se relaciona con un sesgo autoritario de los ciudadanos, ya que solo un 15%, y solo en algunas circunstancias, prefiere ese tipo de gobierno.

En un escenario de rechazos cruzados como este, se impone la tarea de crear las bases para una democracia que, regida por los valores del liberalismo político, se ocupe además de los problemas materiales de las mayorías. Y de los muchos actores necesarios para este proceso de cambios merecen destacarse como los principales: 1) los ciudadanos; 2) las fuerzas políticas que se postulan para gobernar; y 3) los formadores de opinión que alimentan el contenido de nuestra cultura política.

De los ciudadanos, que definirán con su voto el tipo de democracia a regir, solo una parte tendrá algún tipo de participación activa; y su voto dependerá de las ofertas políticas que reciba, así como del tipo de ideas que los formadores de opinión logren introducir en el imaginario sociopolítico de los mismos.

Los partidos políticos republicanos deben ampliar sus objetivos y sus responsabilidades, sesgados hoy por llegar al poder y administrar mal, y sin transparencia, los escasos recursos existentes; recursos que son escasos precisamente porque nunca supieron o quisieron dejar el facilismo económico para arriesgar una estrategia de desarrollo de largo plazo, creadora de riquezas y empleo genuino. Los llamados despectivamente “outsiders” no son más que una consecuencia de sus fracasos.

Una tarea especial cabe a diferentes actores destacados de la sociedad civil en cuanto a instalar en los ciudadanos, y también en los partidos políticos, la necesidad de completar la vigencia de valores republicanos con certezas programáticas tales como promover las inversiones privadas -únicas creadoras de riqueza y empleo genuino-, no gastar más de lo que se recauda, y abandonar el asistencialismo como política de fondo para sustituirlo por una estrategia productiva de largo plazo, creadora de una riqueza que debe ser distribuida equitativamente.

Fuente: La Nación – Texto del sociólogo Omar Argüello

 


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