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Trump y el situacionismo

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Por Rafael Rojas

Donald Trump lleva la política a su expresión más pura de espectáculo del ego. Su salida airosa del impeachment se ha convertido en la excusa perfecta para la celebración de sí mismo. No por esperada, esa capitalización deja de mostrar el ángulo más obsceno del ejercicio de la política como pugilato. La batalla del yo del presidente contra sus enemigos —llámense “demócratas”, “liberales” o “socialistas”— sigue la lógica de un espectáculo deportivo como el boxeo, la lucha libre o torneos televisivos tipo The Apprentice, el programa del propio Trump en la NBC.

En La sociedad del espectáculo (1967) Guy Debord intuía una “materialización de la ideología” en los medios de comunicación, que con el cambio tecnológico del siglo XXI está alcanzando una evidencia profética. “El espectáculo —decía Debord— es la ideología por excelencia, porque expone y manifiesta en su plenitud la esencia de todo sistema ideológico: el empobrecimiento, sometimiento y negación de la vida real”. La doctrina de la post-verdad, de la que Trump ha demostrado ser un practicante aventajado, es sólo la epidermis de una trivialización más profunda.

Aunque su popularidad no rebasa el 45%, Donald Trump probablemente se reelija. Pero no entienden bien la complejidad de la democracia en Estados Unidos, quienes derivan de esa muy probable reelección un juicio absolutamente negativo de dicho sistema. Al fin y al cabo hablamos del mismo sistema que eligió a Barack Obama, un presidente que, por cierto, mantuvo un nivel de aprobación cercano o por encima del 60%

Al denunciar al “liberalismo” o al “socialismo” como males contemporáneos, Trump busca hacer conexión con un pueblo llano, supuestamente víctima de doctrinas falsas. Frente a esas doctrinas se levanta la verdad del hombre común, que para Trump no es otro que el consumidor del capitalismo descrito por Debord. Un consumidor que se realiza en la competencia que escenifican la publicidad y los medios de comunicación. El propio Trump es un púgil en esa lucha mediática.

Las evidencias de que Rusia intervino a su favor en la campaña electoral o de que chantajeó al presidente de Ucrania para que denunciara a Joe Biden por corrupción, son abrumadoras. Pero en el espectáculo de su yo, Trump convierte esas evidencias en patrañas, ya que lo decisivo es su presentación como víctima del “liberalismo” y el “socialismo”. Al ser absuelto por el Senado, controlado por su propio partido, canta victoria en una lid donde se juega la vida de su ego.

No es casual que, para autorizar su triunfo, Trump eche mano de una portada del Washington Post, donde se lee “Trump acquitted”. Ese mensaje, trasmitido por un medio “liberal” —raro que no haya preferido una portada del New York Times—, es esgrimido como triunfo en plan bombástico. De hecho, Trump, en un gesto inédito en la etiqueta presidencial, llamó “celebración” a la conferencia de prensa en que anunció su absolución por el Senado.

Los situacionistas sostenían que el espectáculo del capitalismo banalizaba la vida. Pensaban que a esa apoteosis del dinero había que oponer una celebración del trabajo. Trump, que ejerce la política, precisamente, como una celebridad, piensa exactamente lo contrario porque encarna la esencia de lo que denunciaban Guy Debord y sus seguidores. El festejo de su absolución no supone, para Trump y los trumpistas, un receso o una tregua sino un avance más en la cruzada antiliberal y antisocialista.

No es casual que, para autorizar su triunfo, Trump eche mano de una portada del Washington Post, donde se lee “Trump acquitted”. Ese mensaje, trasmitido por un medio “liberal” —raro que no haya preferido una portada del New York Times—, es esgrimido como triunfo en plan bombástico. De hecho, Trump, en un gesto inédito en la etiqueta presidencial, llamó “celebración” a la conferencia de prensa en que anunció su absolución por el Senado

En vez de proyectar humildad y respeto, Trump usó su triunfo para machacar la descalificación de sus opositores. Llamó al liderazgo demócrata “personas malvadas” y dijo que Nancy Pelosi era “una persona horrible” y que Adam Schiff era una “persona viciosa”. No ataca Trump las ideas o los argumentos de sus detractores sino sus personas. Es, él mismo, la personificación del ataque ad hominem. En eso coincide con los líderes populistas de todos los tiempos y todas las ideologías.

Aunque su popularidad no rebasa el 45%, Donald Trump probablemente se reelija. Pero no entienden bien la complejidad de la democracia en Estados Unidos, quienes derivan de esa muy probable reelección un juicio absolutamente negativo de dicho sistema. Al fin y al cabo hablamos del mismo sistema que eligió a Barack Obama, un presidente que, por cierto, mantuvo un nivel de aprobación cercano o por encima del 60%.

 

Fuente: La Razón de México